
Crisis económicas de un nuevo tipo y sus enseñanzas
José Manuel Quijano
Las últimas crisis, como en Argentina
y Uruguay, no son un fenómeno aislado sino parte de las crisis de nuevo tipo.
Las crisis de la actualidad presentan rasgos que las diferencian de las del
pasado. Cuando todavía era director gerente del FMI, Michel Camdessus señalaba
que desde la Segunda Guerra Mundial hasta los ochenta, el Fondo debió enfrentar,
principalmente, crisis de pagos externos. "Pero la crisis mexicana y, de manera
mucho más clara, la asiática no se parecieron en nada a las anteriores; este
tipo de crisis hace eclosión en mercados de capitales abiertos, son producto de
complejas disfunciones y, en general, ya no son de naturaleza exclusivamente
macroeconómica."
Las crisis del presente tienen características peculiares. No es posible señalar
una única causa. No obstante, en todos los casos se percibe la concurrencia de
varios factores, entre ellos: la modalidad de apertura irrestricta de la cuenta
de capitales; la desregulación financiera; el ingreso de capitales de corto
plazo en el mercado local a la búsqueda de rendimientos elevados en moneda
local; la aplicación de programas de estabilización de precios que dependen de
un ancla cambiaría; y los choques externos que, casi sin excepción, cumplen un
papel relevante en el desencadenamiento.
Las principales enseñanzas, en el plano financiero, pueden resumirse así: ante
todo, que la autoridad monetaria debe realizar un seguimiento cuidadoso del
ingreso de capitales de corto plazo, desestimulándolos cuando las circunstancias
internas los alienten; que es preciso mejorar la regulación bancaria y la del
mercado de capitales hasta alcanzar niveles bastante más exigentes que los
previos a la crisis; y, también, que la recuperación de todas las funciones
monetarias para la moneda local debe constituirse en prioridad, y otras
variables deben ajustarse a ese objetivo. Varios países recogieron en parte
estas sugerencias.
La enseñanza más relevante en el terreno cambiario salta a la vista: el freno
cambiario, como instrumento para contener al conjunto de los precios, y
particularmente a los de los bienes "transables", cuando se utiliza por períodos
prolongados genera profundos desequilibros, conlleva un cúmulo de riesgos,
carece de beneficios prolongados y suele conducir a una crisis cambiaria y
bancaria. Argentina practicó el freno cambiarlo durante once años. Uruguay,
luego del enorme rezago del primer lustro de los noventa, no logró corregir el
desajuste en precios relativos ni se adaptó a la nueva realidad inaugurada por
la devaluación brasileña de 1999. Desde 2003 Argentina -recogiendo las
enseñanzas que emanan de su experiencia- procura escapar de la llamada
"enfermedad holandesa" (fenómeno que alude al rezago de la moneda holandesa en
los sesenta, cuando el país descubrió yacimientos de gas).
Pero eso no es todo. Las crisis nacionales son prolongadas y terminan en
catástrofes. Por ejemplo, los problemas de Uruguay se iniciaron en 1999 y se
prolongaron hasta 2002. Durante esos cuatro años el producto decreció sin pausa
y culminó en la catástrofe de 2002. ¿Qué hizo el gobierno de la época entre 1999
y 2002? Por su propia convicción y por los compromisos con el FMI, se encaminó
hacia decisiones que agudizaron la crisis. Y es eso lo que es preciso retener
para no repetir la experiencia.
El gobierno de la época adoptó y persistió en el camino de la restricción del
gasto, generando el conocido círculo vicioso de menos gasto, menor crecimiento
del producto, inferior recaudación tributaria que conduce a un incremento en el
déficit que, nuevamente, se pretende corregir con menos gasto. Abundante
literatura sostiene que la crisis de los años treinta en Estados Unidos y en
varios países europeos fue agudizada por medidas restrictivas referidas al gasto
y a la cantidad de dinero.
En la primera mitad de 2002, tras la caída argentina de diciembre de 2001 y ante
el inminente derrumbe de la economía uruguaya, Joseph Stiglitz machacó que era
preciso expandir la cantidad de dinero en tiempos de crisis. El economista
norteamericano señaló que cuando el FMI enfrentó la caída de las economías
latinoamericanas "hizo lo mismo que en el este de Asia, y les recomendó que
aplicaran una política de contracción. Fue el mismo debate que se había
producido en los años veinte, durante la Gran Depresión, antes de Keynes. Andrew
Mellon, de la comunidad financiera, decía que era preciso tener un presupuesto
equilibrado, pero Keynes recomendó una política de expansión. Ahora la mayoría
de los economistas recomiendan la expansión en este caso; pero el FMI se ha
quedado anclado en la época anterior a Keynes" (El País Semanal, Madrid, 23-VI-02).
Stiglitz dijo lo que todo el mundo sabe y muchos economistas decían, por
entonces, en Argentina y en Uruguay. Pero lo interesante fue la respuesta del
FMI. "Nosotros los del FMI -no, mejor, nosotros los del planeta Tierra- tenemos
una considerable experiencia aconsejando lo contrario " de lo que propone
Stiglitz, dijo Ken Rogoff, que por entonces era economista jefe del FMI (Clarín,
Buenos Aires, 14-VII-02). El FMI, como es sabido, ha perdido mucho del prestigio
que pudo haber tenido. Sus actuaciones en las crisis de Asia y de América Latina
fueron decisivas en ese sentido. Y la verdadera enseñanza es que lo que exigió e
impuso –con clara complacencia de funcionarios nacionales– está reñido con la
buena teoría y la buena práctica económicas y es incompatible con el interés de
las naciones involucradas. Y ésta es la principal enseñanza que no se debe tirar
en saco roto.
José M. Quijano es un destacado economista uruguayo. El presente artículo resume varias secciones de una nota publicada en el semanario Brecha, Montevideo, 1 de junio de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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