
Certezas metafísicas
Eliana Cardozo
Hola desde Washington. Hace calor y Hamlet está de moda. En el Kennedy Center, las miniaturas de Tiny Ninja Theater simulan escenas de tragedia. En la Galería Nacional de Arte, el retrato que Edouard Manet hizo de Philibert Rouviére en el papel de príncipe de Dinamarca, se lleva toda la atención. Y en el Shakespeare Theater, una obra es estrenada de acuerdo al 2007: Ofelia de iPod en los oídos y los enemigos de Hamlet con el celular en la mano.
En el cuadro de Manet, apenas las sombras angulares de las piernas del actor se anclan ala tierra. Nuestra mirada se dirige luego para su postura y semblante, que nada tiene en común con la actuación de Jeffrey Carlson en el teatro de Washington. Carlson encarna un Hamlet infantil y petulante, que sacude su cabellera “platinum blonde” y se tira al suelo, con total incongruencia con los soliloquios sutiles que Shakespeare le reservó.
Además de la ropa nueva, el actor trágico causa hoy menos sorpresa que Rodrigo de Rato al anunciar que abandona el liderazgo del FMI en octubre. La novedad se salió a la luz una semana después de que el consejo de directores de la multilateral aprobara un cambio radical en el papel del organismo como supervisor de las tasas de cambio alrededor del mundo. El FMI deberá identificar los países cuya tasa de cambio está desalineada y reprender a los gobiernos que la manipulan. Tarea ingrata pues será difícil hacer que más de dos economistas coincidan sobre el impacto de las intervenciones o sobre el tamaño del desvío de una moneda en relación a su equilibrio.
Existen por lo menos dos formas populares de intentar determinar si la tasa de cambio está fuera de lugar. La primera es la teoría de paridad de los poderes de compra. Ésta afirma que, en el largo plazo, la tasa de cambio debería igualar los precios medidos en una misma moneda en países diferentes. En el corto plazo, los precios en dólares mas altos en el país B de lo que indicaría sobrevalorización en otros países de la moneda de B. Esta semana, constato que la vida en Sampa es más cara que en Washington. La segunda teoría es procurar una tasa de cambio que fuera consistente con una cuenta corriente equilibrada (y que permitiese que las políticas fiscal y monetaria mantuviesen pleno empleo sin inflación). Difícil encontrar un período con tales características en el caso de Brasil, por ejemplo.
Un poco de escepticismo sería bienvenido
¿Podemos hoy descartar la sobrevalorización del real basado en el buen desempeño de las cuentas externas? Al final, la tasa de crecimiento del volumen de las exportaciones, que venía cayendo desde enero de 2005, mostró una recuperación fuerte en mayo y junio de 2007. Pero si ese aumento del precio de las exportaciones, que mitiga el efecto de la valoración del real, fuera transitorio, el bienestar no será sustentable. Sería posible argumentar que nuestra tasa de cambio está sobrevalorizada en casi 25% si comparada con el cambio real vigente de 1985 o como el promedio de 1999 cuando el hubo fluctuación del tipo de cambio y perdura hasta hoy. Pero ella es muy menor si el real usado para compararla fuera el promedio entre 1980-2007.
Escoja un período inadecuado o deje de considerar la política fiscal (y los flujos que financian las fluctuaciones de la cuenta corriente), y su juicio estará comprometido. Pero los juicios son siempre subjetivos y el FMI tal vez tenga que valerse de presiones políticas para formar un consenso al respecto del desvío de una moneda en relación a su equilibrio. A los EE.UU. les interesa “provar” que la moneda china está subvalorada. China protestó muy fuerte contra el cambio que permitirá al FMI ejercer presión contraria a su política. Pero fue un voto ganado. ¿Y ahora?
Ahora, la economía no es ciencia, dice el velatorio de 2007 del Bank of Internacional Settlements (BIS). Nuestras informaciones son inadecuadas y nuestros modelos, deficientes. El espacio para controversias, incluso en lo que concierne a la política monetaria. Para algunos bancos centrales (y ciertos académicos como Michael Woodford), moneda y crédito son irrelevantes en la conducción de la política monetaria, porque la tasa de interés es el instrumento necesario y suficiente que precisan los formuladotes de esa política.
De forma alguna, dicen otros académicos (y presidentes de bancos centrales como Mervin King) una expansión rápida de los agregados monetarios puede indicar el preanuncio de inflación más adelante o la posibilidad de una bola financiera y sus características indeseables.
Hasta el celebrado sistema de metas de inflación depende de juicios cercados de falta de certezas. ¿Cómo medir el exceso de capacidad? ¿O definir la tendencia de la productividad? ¿Qué es más importante en la formación de expectativas: la credibilidad del banco central o las percepciones independientes acerca de las presiones inflacionarias?
Algunos críticos literarios (como Stephen Greenblatt) sugieren que Hamlet representa un mundo que perdió sus certezas metafísicas, destruidas por la reforma protestante. Hasta entonces la iglesia se pretendía dueña de la verdad, papel hoy representado por algunos analistas y economistas.
Un poco de escepticismo sería bienvenido. Tal vez se exagere la importancia del Banco Central como coordinador de expectativas. Como dice la relatoría del BIS, los juicios son falibles, así vengan de la academia o del gobierno. El investigador cometería un error si en vez de formar su propio juicio, se contentara con ver su imagen reflejada en el espejo del banco central.
Eliana Cardoso es economista. Publicado en Valor Econômico, 15 de julio de 2007.
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