
Inflación, conflicto agrario y la suerte del modelo
Fabián Amico
Aunque
supuestamente existe una "tregua" en el conflicto con el agro (en Argentina), el
precio de la carne sigue en alza y, en general, los alimentos se tornan cada vez
más caros, deteriorando los ingresos reales de los trabajadores y llevando a más
gente cerca de los límites de la línea de pobreza. Dada la escasez del stock
ganadero, el gobierno opta por cerrar las exportaciones. En respuesta, los
ganaderos envían menos vacunos a Liniers. Resultado: los precios no bajan, sino
que suben. El gobierno amenaza con aplicar la Ley de Abastecimiento, que
autoriza al Estado a disponer de la totalidad de animales que ingresen en el
Mercado de Hacienda -aun sin pagar por ellos-, así como también a retirar
vacunos de los campos e intervenir establecimientos productores de alimentos
para abastecer a la población. Obviamente, hay que tener con qué aplicarla: no
solo voluntad, sino también una masa crítica de poder mínimo que lo permita.
¿Hay (voluntad y poder)? Habrá que ver, más aún con la posibilidad de otro
lockout en el futuro inmediato.
En todo caso algo es claro: lo que quieren las entidades del agro -todas sin
excepción- es que los precios de los bienes del sector aumenten "lo que tengan
que aumentar", sea en leche, trigo o carnes, y que se deje sin efecto el aumento
en las retenciones a la soja. ¿Y la sensibilidad? "Pobres siempre hubo y siempre
habrá -le confesó hace un tiempo un representante del sector a quien esto
escribe-. Y los pobres no le interesan a nadie". Siendo un episodio coyuntural,
sin embargo, el conflicto con el agro dio pie a una amenazadora movilización de
fuerzas de derecha, incluyendo la proliferación y reforzamiento de discursos
ortodoxos (con un pretendido sesgo "serio" y académico); en fin, todo un arsenal
político e ideológico dirigido a "poner las cosas en su lugar" tras una etapa de
cinco años que, si bien no condujo al "estatismo" peronista de los cincuenta, si
constituyó a los ojos del establishment un verdadero extravío "populista".
La bandera de la anulación de las retenciones es la carnada para arrastrar al
sector agropecuario completo hacia una convergencia con los grupos financieros
concentrados (que en última instancia son dominantes también en la escena sojera)
y con el "partido unificado de los medios de comunicación", apuntando a quebrar
el modelo "artificial", "populista", "discrecional" y "promotor de
desequilibrios permanentes" instalado tras la crisis de 2001. Parece así
marcharse hacia la repetición de un ciclo (económico-político) ya usual en la
historia nacional, denominado por el economista Marcelo Diamand como el
"péndulo" argentino. Este ciclo suponía una alternancia de regímenes de política
económica de signo opuesto que no lograban estabilizarce al no superar las dos
restricciones primordiales que pesaban sobre el crecimiento nacional: la
restricción social (o la escasa inclusión de los regímenes "ortodoxos"), y la
restricción externa o limitante de divisas, que proporciona el "combustible"
estratégico para la expansión continuada del PBI (y que se hallaba ausente en
los regímenes "populistas").
Tradicionalmente, el peronismo -aunque también otros partidos- encarnó esa
política "nacional y popular", proindustrialista e intervencionista, de estímulo
a la demanda y con inclusión social, pero corroída por su desprecio hacia la
restricción "dominante" del balance de pagos. Al entrar en crisis (el caso
paradigmático es el quiebre de 1975), el régimen cedía el paso a otro de signo
opuesto, ortodoxo, liberal y conservador, que "restauraba" (o lo intentaba) la
situación previa al "extravío populista" mediante la recesión como herramienta "disciplinadora"
del conflicto distributivo, para "hacer entender" a los trabajadores que sus
pretensiones eran "demasiado ambiciosas", aunque muchas veces usó otras
herramientas menos "impersonales" y más sangrientas.
La receta ortodoxa "ponía las cosas en orden" (en suma, el orden neoliberal),
pero no tenía poder de inclusión social. El péndulo suponía un pasaje de un
régimen a otro, en un proceso que signó buena parte de la última mitad del siglo
XX y que hoy continúa, aunque bajo formas modificadas. La experiencia
alfonsinista, por caso, ya sin ningún resabio "populista" que le pudiera ser
enrostrado, pretendió dar cierta respuesta a esa demanda de inclusión social
(básicamente de los trabajadores y, con estos, del conjunto social no
empresario). Y el intento fracasó ruidosamente con la explosión inflacionaria de
1989.
En 2002, gracias al default y la crisis (que "liberó" la política económica de
la necesidad de "hacer buena letra" con los acreedores para refinanciar pagos),
se abrió paso un proceso de expansión sin precedentes que se basó en los pilares
del dólar alto, la expansión acelerada de la demanda y el fuerte aumento del
empleo, aunque combinado con un mucho más lento impacto redistributivo (en suma,
un capitalismo "normal", si es que algo así existe). En este marco, aprovechando
el desgaste originado por las severas limitaciones y omisiones del propio
gobierno, la pelea a sangre y fuego del sector agropecuario por anular las
mayores retenciones sojeras empalma con un conjunto de fuerzas que apuntan a
"restaurar" los "desvíos" que este modelo acumuló en cinco años.
En tal contexto, aparecen voces que destacan -incluso con un tinte
pretendidamente progre- que hubo una formidable transformación en la realidad de
las actividades primarias (agropecuarias). Se podría -dicen- superar el
"péndulo" volcándose hacia un esquema primario-exportador profinanciero. Hoy la
fuerte demanda internacional de materias primas, su elevado nivel de precios y
los sostenidos incrementos de la productividad local conforman una situación en
la cual las divisas no escasean sino que sobran. Por eso, argumentan, hay una
presión "natural" hacia la revaluación del peso (un movimiento hacia el
"equilibrio"). ¿Por qué no basarse en la soja y en el campo? ¿Por qué no erigir
un modelo a la australiana, basado en el retraso cambiario y en las actividades
primarias (soja) aprovechando la fase de reversión del ciclo? ¿Por qué -alegan-
no sería posible agregar a dicho modelo un "complemento" con alguna industria
vinculada (análoga a las industrias "naturales" de Pinedo, ¿se acuerdan?) y
algunos servicios (comerciales y financieros) para tornarlo más "inclusivo" y,
por ende, dotarlo de cierta posibilidad de "persistencia"?
Un esquema tal se asentaría en un dólar muy bajo, que facilite un régimen
macroeconómico proingreso de capitales y pro-endeudamiento, con alguna dosis de
"inclusión" social en los servicios anexos: una convertibilidad sin Menem. Un
ejemplo es el que presentan Lucas Llach y Pablo Gerchunoff: un país con poca
industria y alto desempleo, pero, eso sí, "al lado de un campo argentino repleto
de soja podría instalarse un schopping". En ese modelo, como ya pasó en los
noventa -cuando desaparecieron más de 80 mil pequeños productores - ya no habrá
rentabilidad extraordinaria para el agro -por el retraso cambiario que lleva
implícito- y habrá aún menos espacio para las producciones que no sean soja
(como carne y leche). Por eso, y más allá del juicio que merezca el gobierno
actual, ese modelo posible que algunos economistas -como Eduardo Curiallaman el
modelo de "timba financiera-soja-shopping", es el que se ha montado sobre la
guerra del campo contra las retenciones y es el futuro que aguarda seguramente a
Argentina si esta "convergencia" triunfa.
Publicado en www.homo-economicus.blogspot.com el 23 de abril de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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